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A propósito del Mozo Epifanio Rubio Borox
by Redacción Escena Taurina - 0




Al Mozo se le puede ver todos los días de festejo recorriendo el patio de caballos, recordando sus años de picador, comentando la actualidad taurina, viviendo el mundo del toro…

Pepe Dominguín en su libro Mi gente, habla de Epifanio Rubio Borox, una persona sencilla, que por buscar un trabajo entró a formar parte de la cuadrilla de Pepe Dominguín, siendo parte de su familia.


“Falta alamar o seda por tu traje,
no brío por tu brazo que convierte
la lanza en caña, el peso de la muerte
en ligereza y salto de abordaje.
En el toro tu sombra vela, y vela
tu vida por la estrella de la espuela.
¡Oh dondel de baraja sin espada!”

José García Nieto, Monosabio.



Mi gente de  Pepe Dominguín


“El Mozo” es para todos nosotros un ser especial, fuera de seria. Aún duraba la Guerra Civil, cuando un día, contaría por entonces unos 17 años, se presentó en “La Compaza” demandando trabajo. La abuela Pilar le dio un trabajo eventual en la Gañania. “El Mozo” era corpulento, fuerte, serio y callado. Trabajador y honesto a carta cabal. Cuando regresamos de Lisboa ya llevaba unos meses en estos menesteres y allí siguió cuando terminó la contienda y nos iniciábamos como toreros. “El Mozo”, aparte de otras muchas cosas, se encargaba de despertarnos al ser de día, apareciendo en la cocina abrazado a una cepa de encina, de cerca de 100 kilos de peso, que ponía sin gran esfuerzo sobre los rescoldos de ascuadriles del día anterior, que calentaban las tarinas próximas, donde sobre las tablas dormíamos Miguel y yo.

Su corpachón era demasiado abundante en tala y anchuras como para pensar en embutirse en el traje de torear de un hombre de a pie. Y “El Mozo”, con nuestro consejo decidió hacerse picador. Que fuerza y potencia no le fallarían. “El mozo”, a estas alturas, no había visto en su vida un toro bravo, como no fuese en las revistas taurinas, que fue casi la carretilla todo, yo le enseñe a leer.

En los meses de temporada comenzó su aprendizaje. Primero como mozo de cuadra y después como picador de reserva a las órdenes de Veneno y Salcedo, que alquilaban a las empresas los caballos para picar. Poco a poco fue haciéndose al manejo de las monturas, de las puyas y de petos y también se hizo ducho en caídas y golpetazos, donde a veces las babas de los toros se le acercaban calientes y verdosas a su propia cara.

Cuando cesaba la temporada regresaba a “La Companza” para hacer lo que hiciese falta, pues tanto se le daba hacer una cochura de pan, cavar la viña, echar unos surcos, como en las fechas de la matanza destrozar un guarro, amasar y embutir los chorizos o apilar los jamones después de salados.

“EL Mozo” hacia todo y todo lo hacía bien. Luego iría integrando su familia a nuestra casa, hasta convertirlos en parentela creciente y querida.

Cuando “El Mozo” cumplío los largos días de aprendizaje, toreo conmigo y después pasó a la cuadrilla de Luis Miguel. Para entonces ya era “El Mozo”, Epifanio Rubio Borox, un gran picador y además fundador de una dinastía de varilargueros, todos buenos profesionales, pues, sus hermanos, tanto Mariano como “Chiquillín”, se despidieron del azadón, la pala y la vida campesina para integrarse en las relucientes y vistosas cuadrillas de lidiadores de reses bravas.

“El Mozo” ha sido en el largo curso de nuestra azarosa vida el primero en alegrarse con nuestras venturas y el último en abandonar nuestros pesares, y su impotente presencia humana, silenciosa, cabal y amiga, ha sido testigo entrañable de nuestro pequeño y apretado mundo familiar.



Dominguín, Pepe. ALIANZA EDITORIAL, 2003
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