miércoles, 6 de julio de 2011

“Para toros, esta tierra…”


“El perfume de la Entrada de Segorbe, es poesía dentro del marco de encierros que se celebran en esta piel de toro llamada España”


         Septiembre nace en Segorbe, y con él, el aroma inconfundible del toro nos cubre con su extenso manto de dedicada devoción, de pasión, de tradición…  Cuando los días dedicados a solemnes procesiones, romerías, cabalgatas, entre otros, coletean y van dando los últimos zarpazos de vida, Segorbe se viste de taurina.

         Se guardan trajes y corbatas, mantones verbeneros y mantillas. Y el pañuelo se anuda en el cuello, surgen las blusas de las peñas y se visten de vaqueros.  Y el nudoso garrote, tradición de este pueblo se une a ti para compartir toda la semana, él es nuestro símbolo como segorbinos, nuestro estandarte de la semana.  Y es, en el ecuador de la quincena cuando resurge la semana grande de Segorbe, la semana taurina, y con ella, el más significativo de todos los actos, el más multitudinario, el más celebrado y conocido, “La Entrada de Toros y Caballos”, declarada Fiesta de Interés Turístico Internacional. Una fiesta ganada a pulso y que es tan difícil de narrar que como ya he dicho en mis inicios, “el perfume de la entrada de toros de Segorbe, es poesía dentro del marco de encierros que se celebran en esta piel de toro llamada España”.  Que difícil es describir un perfume…

         Y todo comienza con sabor a madera… Un sinfín de carros, tractores, furgonetas, todos ellos cargados con las tablas, traviesas, vigas y tortillería entre otros, los que se encaminan hacía la Plaza de la Cueva Santa, donde en breves horas, una céntrica plaza como lo es esta, se convierte en todo un encofrado de rateras, escaleras, burladeros, entablados y toriles.  Renaciendo un año más esta plaza de toros tan característica de nuestro pueblo.  Una mítica y ancestral plaza que pese a ciertos reajustes por pura y lógica seguridad, apenas se ha transformado desde hace décadas.  Todavía suda en la memoria esas imágenes de tardes taurinas en fotogramas de primeros de siglo.

         Mientras tanto, una comisión de toros, va tirando de pala.  Como ya es tradición, esa agrupación taurina tiene la obligación de echar tierra en todo el recorrido por donde discurrirá la entrada de toros con los caballos desde la salida hasta la anteriormente nombrada plaza.   La calle Colón pierde su pureza y se cubre de varios centímetros de la característica tierra de San Julián.  La seguridad de la frenética carrera del encierro, tanto en animales, como en corredores, queda garantizada en lo que al piso se refiere.

         Y comienza el primer día de toros.  Como es de suponer no es un día cualquiera. Segorbe despierta con ansias.  El ir y venir de las gentes denota ya cierta impaciencia.  La mañana transcurre lenta.   Ya falta menos.  Una procesión interminable de gente se dirige hasta el río para ver los toros donde toda la manada pasta libremente por entre las cañas y chopos.  Y allá en la fuente de la Teja, lamiendo estas orillas del Palancia, plácidamente pasta la manada.
         Se escenifica un hermoso cuadro. Toros, mansos, vacas y becerros, pastores, aficionados, mujeres y niños.  Algunos jinetes con sus monturas también bajan  hasta allí, y observan los toros que correrán junto a ellos en breves minutos.  Mientras tanto, allá arriba, en el paseo de Sopeña, las charangas de las peñas comienzan su cotidiano pasacalle, y esos ancianos sentados a la sombra de la frondosa pinada, recuerdan con nostalgia sus joviales años, recuerdan que alguno de ellos también bajo montado a caballo junto a los toros en tan singular encierro, nada ha cambiado…

         Toda la manada ya sube por el Ríale, los cabestros en cabeza perezosos arrastran al resto de la manada que ya nerviosa mira hacía lo alto, el ruido, la gente…  Un sinfín de personas acompaña a los animales hacía la calle del Argén, rozando con sus lomos todo el viejo acueducto medieval, donde a mediados de este y bajo la Torre del Verdugo o Torre del Botxi, se celebrará la popular “tria”.  Adiestrados pastores se prestan raudos a separar de la manada los seis toros elegidos para correr el encierro.  Todo esta a punto.

         La calle del Argén, los Mesones, Colón, y Plaza de la Cueva Santa, forman un hervidero humano, en el cuál, alrededor de entre veinticinco y treinta mil personas, presenciarán la Entrada de Toros y Caballos.  Y todos, desde ancianos, niños, mujeres, y desde cualquier sitio, se prestan día a día a contemplar este ejemplar acontecimiento.

         Mientras tanto, los medios de comunicación, como la televisión con su impresionante despliegue de cámaras en todo el recorrido del encierro, así como los locutores de radio y demás comentaristas de prensa gráfica, ultiman detalles en sus cámaras de filmación y fotografía.  Todos dispuestos a paladear este espectáculo declarado anteriormente más de una década como Fiesta de Interés Turístico, lo que ha hecho de su espectacularidad alcanzar el grado de Fiesta de Interés Turístico Internacional.

         Por otra parte, las ambulancias junto con el personal médico, protección civil y demás agentes del orden, ocupan sus distintos puestos dentro del recorrido.  Veterinarios y camiones para un supuesto traslado de caballos están a punto.

         En la privilegiada tribuna de la calle Colón, figuran día a día personajes políticos, culturales y artísticos, invitados a tal evento, deleitándose minutos antes del encierro con el monumento “a la entrada de toros”, que está justo frente a la tribuna.

         La comisión de toros, trasiega calle arriba y abajo.  Faltan escasos minutos.  Los caballos al inicio de la calle Colón y a forman la famosa herradura con el fin de recoger en el centro a los astados que en breve doblarán la famosa esquina del Argén y coger de pleno la calle de Colón uniéndose a los caballos.

         Balcones, ventanas, portales, y todo el recorrido del encierro se abarrota hasta la saciedad. Es casi imposible que toros, cabestros y caballos puedan pasar por entre semejante gentío.

         El campanario desgrana pausadamente los tañidos de la campana anunciando que son las dos de la tarde.  Y cuando el eco de la última campanada se pierde por las entrecortadas calles del casco antiguo segobricense, la carcasa que anuncia la salida de los toros, rompe el cielo…

         La tensión es máxima.  Los garrotes, en la salida alzados para animar a los toros en su salida, los jinetes hunden las brillantes espuelas en los ijares de su montura, los toros doblan la esquina seguidos de corredores que los acompañan al encuentro con los caballos y se meten de lleno en el centro del corro de caballistas que los retienen y tientan con sus monturas el galope que ya llevan intentando agrupar a todos los toros juntos.

         Narrarlo, dentro de la máxima veracidad posible resultaría tarea ardua… Los toros en el centro de la calle, los caballos arropando a los toros, la gente que abre y cierra en un segundo el paso de estos últimos. Ni una sola barrera, ni un solo hueco donde esconderse. El toro, el caballo y tu… Es todo un instante, es algo mágico, algo único.  La virilidad del toro, la dulzura del caballo lamiendo con sus cuerpos las astas de los toros, los jinetes tensos y prestos en dominar la carrera de estos.  Es aroma de toro, caballo, jinetes, corredores…

         Ver la Entrada de Toros y Caballos de Segorbe, es regocijarse y palpar la pura esencia del toro en ese hilo de luz que marca el breve segundo por el que pasan junto a ti, toros y caballos.  Ver el encierro segorbino es volver a épocas remotas donde ya los toros formaban parte del protagonismo de la fiesta.  Vivir este encierro es desenterrar las raíces profundas que tiene el toro en nuestra tierra.

         Pero todo esto son sólo palabras.  Para saborear lo que aquí narro, tienes que venir junto a mí y estar en la salida de la calle del Argén, o en medio mismo de la calle Colón, o en el frenético paso por el “estrecho del seminario”, o en la llegada a la plaza.  Y cuando la carne de gallina todavía se deje ver por tus brazos temblorosos, te girarás hacía mi sobresaltado, emocionado, con las palpitaciones incontrolables del corazón y me dirás: “La Entrada de Toros de Segorbe es más, mucho más…”


                                                                           Antonio Berbís Fenollosa

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