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Por naturales. (Cuento taurino)
by Redacción Escena Taurina - 0



La Monumental plaza de las Ventas está llena a rebosar. Más de veinte mil personas esperan impacientes y esperanzadas la salida del último toro de la tarde. Un tímido sol asoma por el horizonte no queriéndose perder el bello espectáculo del toreo .Una brisa ligera cruza  también por el impoluto ruedo venteño.
Yo, vestido con un precioso terno grana y oro espero ansioso a mi enemigo con el que me voy a enfrentar en la soledad de ese esplendoroso ruedo. Tras el burladero me tapo con la esclavina de mi capote para no ver la salida del toro.
Un precioso animal de pelo negro listón con unos enormes pitones sale por el portón de chiqueros queriendo comerse el mundo. Una estruendosa ovación se me clava en los oídos, las más de veinte mil almas muestran su admiración y respeto hacia mi oponente, un soplo de energía recorre todo mi cuerpo cuando a lo lejos oigo una voz que despierta toda mi rabia torera: “ a ver si puedes con ese”.
Cuando se acerca al burladero salgo a su encuentro, cuatro verónicas y una media abelmontada son suficientes para que surja la conexión con los tendidos. La inspiración desborda mi cuerpo, comienzo a conquistar mi ilusión.
Tras un primer puyazo en el que el codicioso animal regala toda su bravura vuelvo a citarlo esta vez por gaoneras. La plaza es un clamor tras ese valeroso quite.
Coloco al toro en suerte para el segundo encuentro con el caballo. El animal se arranca desde una larga distancia galopando y metiendo los riñones. La fiesta de la bravura está presente en el albero venteño. Tras un quite por faroles de mi compañero de cartel le respondo con unas chicuelinas ceñidas y garbosas que ponen al público en pie. Los olés adornan esa tarde primaveral del mes de mayo.
Mi cuadrilla coloca tres pares de banderillas espectaculares al animal que no rehuye en ningún momento la pelea. La boca se me seca impaciente por volver a la cara del toro. Hoy tiene que ser el día, hoy tengo que atravesar esa regia puerta grande, la puerta que sin duda me llevará a la gloria del toreo.
Me acerco a mi mozo de estoques que parsimonioso me entrega la montera. Me dirijo al centro del ruedo y brindo a la concurrencia mi faena, la faena de mi vida, la faena que siempre imaginó mi mente dibujar en el templo del toreo.
Un pase cambiado por la espalda provoca un ¡ay!  en los tendidos. Mi oponente tiene casta, galopa, humilla, obedece a mi mandona muleta. La primera tanda por el pitón derecho ha sido brillante, así lo demuestra un tendido arrebatado por el arte. Su pitón derecho es de lujo, el izquierdo de puerta grande. Le planteo la faena en el centro del ruedo, lo cito a distancia en una segunda tanda en la que los naturales brotan como por arte de magia. Los aficionados, estremecidos, tiñen de olés los tendidos de las Ventas. La borrachera de toreo continúa en el centro del ruedo. Una tercera tanda sentida, inspirada y templada provoca las ovaciones más desgarradas  jamás sembradas en una plaza de toros. El animal aún tiene cuerda para rato. Su boca cerrada, su fijeza, su galope incansable y su humillada embestida me demuestran a que aún quiere pelea. En una cuarta tanda trazo cuatro naturales y el de pecho que sobrecogen incluso mi alma.
¡Torero, torero , torero…! Escucho cuando me acerco a las tablas a por la espada. Los rostros desencajados de una afición que casi rozan la locura corroboran un triunfo incontestable.
¡Hay que asegurar con la espada! El animal, bravo hasta la muerte me espera en el centro del ruedo, poderoso, arrogante, retándome aún a la pelea. Los últimos muletazos por bajo y el de pecho antes de cuadrarlo terminan por desbordar a la masa. Me perfilo ante él, llamo su atención y lo cito en la suerte de recibir. ¡Estocada hasta la bola y en el hoyo de las agujas! El toro da tres renqueantes pasos hacia mí, me clava su mirada en mis impresionados ojos que ven como cae rendido ante mis pies en un último gesto de bella bravura. Toda la afición  pide la vuelta al ruedo para el excelente colaborador y las dos orejas para mí. Inundan de pañuelos blancos los tendidos como premio a una gran obra. Mis ojos llenos de lagrimas por la emoción despiden con una última mirada al toro muerto que me ha devuelto la vida.
¡Dos orejas! ¡puerta grande! Una multitud se abalanza sobre mí , claveles en el ruedo, un pasodoble a los lejos, momentos bellos clavados en mi mente , gritos de torero, torero retumbando en mis oídos… vuelta al ruedo izado en hombros, el delirio.
La Monumental plaza de las Ventas abre de par en par su puerta grande. Miles de aficionados envueltos en una pasión desbordada me esperan a la salida con deseos de tocarme, de admirarme, de sentirme cerca.
En el preciso instante en el que me dispongo a cruzar la esperada puerta grande…¡zas!    Me despierto sudoroso entre sábanas de seda con una ráfaga de luz atravesando mi ventana. ¡Todo ha sido un sueño! Las ovaciones se han tornado silencio, aquí ya no queda nada de nada. La faena por naturales más bella de todos los tiempos no ha existido, el toro más bravo jamás soñado tampoco ha sido tal y la puerta grande más deseada me ha cerrado de un portazo todas las ilusiones del toreo. Mi corazón helado congela mi interior, me siento atrapado, moribundo, se me rompe el alma al comprobar que todo ha sido un dulce pero terrible sueño a la vez.
Ahora, mirando con ojos soñadores mi precioso vestido grana y oro, sueño con volver a soñar, ya despierto, y ante miles de espectadores con el calor y el embrujo de una hermosa faena  POR NATURALES.          


María José Borrega Fresneda.
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