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Manolete en el recuerdo.
by Redacción Escena Taurina - 0





Madrugada triste. Madrugada negra. Madrugada dura y amarga. Madrugada de silencios y llantos entremezclados con el dolor y la pena de una España que no espera el triste desenlace. Es el día 29 de agosto de 1947 y Manolete acaba de expirar en una habitación del hospital de los Marqueses de Linares. Los ojos cerrados y el semblante sereno, con esa sensación de calma y sosiego que siempre acompañó al rostro del gran torero cordobés tanto vestido de calle como cuando citaba al toro en el centro del ruedo. Qué cosas tiene la vida, qué jugada del destino, tan sólo unos años antes le había confesado a una monjita del lugar: éste hospital lo tienen ustedes tan blanco y tan limpio que dan ganas de ponerse malo aquí.
Las horas posteriores a la mortal cogida fueron de mucha tensión y nervios. Todos queriéndole ayudar, cada una de las personas allí presentes intentando ser útiles en esos momentos de tanto caos y preocupación, por eso se decidió el traslado de Manuel desde la plaza hasta el hospital. Infausta madrugada aquella del 29 de agosto, fatídico atardecer aquel del 28 de agosto del 47. Fechas ambas grabadas en la memoria y en el recuerdo de todo porque ese día murió un torero y nació un  mito.
Manolete fue desde los inicios de su carrera un gran estoqueador, honrado y cabal, siempre se entregaba, perfilándose en corto y por derecho, buscando en cada  estocada el hoyo de las agujas. Así se plantó ante las astas del toro asesino. Colocó a Islero en la suerte contraria y en el momento del embroque el animal prendió por la ingle a Manuel hiriéndole de muerte. El vestido de seda rosa y oro se tiñó inmediatamente de la sangre del maestro, consumando lo que horas después sería una tragedia.
Junto a Luis Miguel Dominguín y su gran amigo Gitanillo de Triana hizo su último paseíllo. Un paseíllo bajo la presencia de la muerte, esa terrible y perversa compañera de todos los toreros cuando cruzan el albero de cualquier plaza de toros. La muerte, esa negra sombra que aquella tarde le persiguió rozándole la seda y el oro. Dañina y virulenta sombra que sentenció con su certero hachazo la vida del grandioso torero.
Desde el momento de su alternativa hasta la terrible y fatídica fecha del 28 de agosto del 47 Manuel Rodríguez Manolete fue dueño y señor del toreo. Dominó a todos los toros, a los buenos, a los malos y a los regulares. Su mano izquierda fue  prodigiosa, así lo cantaron algunos poetas como Rafael Duyos en el poema grabado en su mausoleo:
Tuvo en su mano izquierda, dicen cuántos le vieron
El divino secreto natural de la gracia
Cuentan los que le conocieron que si era grande como torero lo era aún más como persona. Cultivó la amistad por encima de todo y mantuvo una relación casi de hermandad con toreros como Gitanillo de Triana y el mexicano Carlos Arruza con el que vivió una gran rivalidad en el ruedo y una gran amistad fuera de él. También mantuvo buenas relaciones con los intelectuales de la época que incluso le rindieron un homenaje muy especial en el restaurante L Hardy a finales de la temporada del 1944.
Era serio, noble, modesto y sencillo. Le atraía la lectura, la pintura, el cine, el cante, el flamenco, pero por encima de todo el campo. Fuera de la plaza siempre le gustó vestir bien y a menudo se le veía con unas amplias gafas negras que tal vez escondieran su timidez. En cuanto a los vestidos de luces tenía preferencia por los tonos claros y jamás se hizo un vestido grana ni catafalco, además siempre utilizó la misma Monter y el mismo añadido.
Era torero, grandioso torero, pero también era hombre y como tal se enamoró perdidamente de una belleza llamada artísticamente Lupe Sino. Su historia de amor nunca fue aceptada por su madre ni por su apoderado que trataron por todos los medios que la relación no prosperara. No lo lograron, el amor ya había florecido como como brotan las flores en la tierra y aquella hoguera del amor solamente la pudo apagar el asta certera de Islero.
Manuel fue un niño tímido, retraído, que dese muy temprana edad se vio fascinado por el mundo de los toros. Acompañado por sus primos y algunos amigos el pequeño muchacho iba hasta el campo de la Merced donde soñaba el toreo. Aquel era un lugar mágico que olía a ilusiones, a sueños, a grandeza, un lugar en el que el pequeño Manuel escapaba por unas horas de las penurias y las carencias que se respiraban en su hogar desde la muerte de su padre cuando él contaba con apenas seis años.
Amanecer alegre. Amanecer radiante. Amanecer dulce. Amanecer de sonrisas y deleites entremezclados con la pasión y la emoción de una madre que acaba de dar a luz a su hijo. Es 4 de julio de 1917 y doña Angustias Sánchez acaba de alumbrar en la ciudad de Córdoba al rey de los toreros.
El sol desciende por el horizonte. Anochece. Apenas ha pasado una hora desde que el pequeño Álvaro de tan sólo siete años le ha pedido a su tía que le cuente una historia sobre Manolete. El niño siente pasión por los toros, es ya un pequeño aficionado que disfruta con las historias de los toreros pero sobre todo se apasiona por la figura del  gran torero cordobés.
Durante todo el relato el niño ha permanecido en silencio, fascinado y concentrado. Le ha gustado tanto que nada más terminar la historia le vuelve a pedir a su tía que se la vuelva a relatar. Ella que siente adoración por su sobrino le concede el deseo de volver a escuchar la historia, y a pesar que la noche cae bajo una impresionante luna llena comienza.
Madrugada triste. Madrugada negra. Madrugada dura y amarga.  Madrugada de silencios y llantos entremezclado con el dolor y la pena de una España que no espera el triste desenlace. Es el día 29 de agosto de 1947 y Manuel Rodríguez Manolete  acaba de expirar en una habitación del hospital de los Marqueses de Linares.

María José Borrega Fresneda.
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