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El efecto menta
by Redacción Escena Taurina - 0



Por fin llegó diciembre, y parece que el tema de la magia y de hacer realidad los sueños nos llega a tocar en lo más profundo de nuestro ser. El espíritu navideño inunda las calles, los buenos modales salen a flote entre la mayoría.

Pero hablando de sueños, y recordando que gran parte del éxito de un torero y de cualquier persona dicho sea de paso, radica en la capacidad de soñar, para después llevar al plano de lo real esos sueños, hoy les compartiré algo muy mío.

Muchos de ustedes que me leen o me conocen, saben que tengo dos padres maravillosos, ecuánimes, cultos, y que se han mantenido juntos para sacar adelante a sus tres hijos. Dentro de las aficiones de mis padres esta la jardinería; siempre les han gustado las flores en general. En casa, vi desde pequeña a mi madre cuidar sus violetas; a mi padre sus rosas, camelinas, azahares; sembrar y cosechar diversas verduras y frutas.

Respecto a las flores, yo en mi ignorancia siempre me preguntaba cual era la gracia de perder tanto tiempo regando y cuidando algo que al fin y al cabo, todos sabíamos que se iba a caer a trozos en cuanto entrara el otoño. A menudo me preguntaba por que no se dedicaban mejor a plantar naranjos, limones, mi tan ansiado aguacate, o cualquier otra cosa que no implicara un drama familiar cada que alguien arrancara los pétalos a las flores o algún bebé las pisoteara.

Así que con esa laguna mental transcurrió el tiempo hasta que un día compré una planta de menta. A todos extrañó esta acción porque yo no era precisamente la dama de las plantas o reina de la jardinería. Supongo más bien que lo que quería era entrar al club familiar de botánica o tener algo más para interactuar con ellos.
No pasó mucho tiempo y la menta se secó. Yo perdí el interés al creerla muerta y me desentendí por completo de aquel tronquillo café.

En alguna ocasión, descubrí a mi madre regando la maceta donde para mi entender alguna vez había habido menta, y no pude dejar de preguntar: “mamá, ¿para qué riegas esa planta si ya se le han caído todas las hojas de menta y esta muerta?”
Mi madre giró, me miró y contestó “Yo nunca he dejado de creer en ustedes”.
Nada más que decir. Supongo que las madres tienen esa extraña manera de enseñarnos cosas tan importantes de la vida en los momentos menos esperados.
Yo, que soy capaz de matar una sábila y que jamás me he vuelto a plantear nada relacionado con la jardinería, entendí que en realidad la vida es eso: un jardín lleno de plantas que pueden morir si no las riegas; y por plantas quiero referirme a los sueños, a los tuyos y a los de las otras personas que se acercan a tu vida.

Vi más claro que nunca, que el éxito de nosotros y nuestras personas queridas, depende de la fuerza con la que queramos cumplir esos sueños; que nadie pisa la cima de su montaña sin haber tenido alguien de confiar que le diga “yo creo en ti”, y que todos necesitamos en algún momento que nos cuiden.

Aquella mañana de otoño-invierno, mi madre me recordó que uno no abandona a la gente que quiere por muy frio que esté el ambiente, y que al final, la única manera de descubrir si las cosas pueden funcionar, es estar ahí para verlo. Si te vas, si abandonas, si tiras la toalla, ten por seguro que no sufrirás, pero tampoco sabrás si con un poco de más valor lo hubieras conseguido.

Hoy mi hermano mayor terminó su maestría y doctorado, y estoy segura que gran parte de su éxito, han sido mis padres, siempre regando su jardín.
También, la menta sigue más viva que nunca justo al lado de las rosas.
¡Que Dios reparta suerte!

hildatenorio@hotmail.com
twitter @Hilda_Tenorio
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